Atlantic City, retrato de una superviviente*

La cabeza agachada sobre su propio cuello. Una mujer de avanzada edad duerme con la boca abierta y la mano derecha en el botón de ‘apostar’. Su trasero no está en el asiento del dispositivo de juego, sino en una silla especial para personas de movilidad reducida. A su alrededor poca gente se percata de su sueño, ni el escaso trabajador del casino que pasea rápidamente, ausente en sus pensamientos, ni la pareja de turistas que abandona el hotel.

El cielo plomizo envuelve el amanecer de Atlantic City. La ciudad despierta cubierta en un amalgama de grises y calles vacías. Las anchas avenidas del centro de la isla Absecon se ven solo interrumpidas por escasos viandantes que acuden o vuelven del trabajo, cubiertos de arriba abajo para protegerse del mordisco del frío viento matutino. Apenas son las ocho de la mañana, pero solo hay que cruzar la puerta de uno de los casinos para descubrir los entresijos de una urbe que nunca duerme. Vestido con camisa y pantalones negros, Tony asciende las escaleras mecánicas del Tropicana, donde una cómoda climatización y una iluminación festiva poco a poco confunde los sentidos. Siempre es de día en los casinos que bordean el Atlántico y a la vez todo es noche. El tiempo no existe para quien viene aquí a dedicarse al juego.

El paseo que conecta los casinos es en ocasiones hogar para sin techo

Al llegar a la última planta del edificio Tony sale a la azotea a fumarse un cigarro, contempla la ciudad con la mirada perdida y reconoce con hastío que si pudiera irse de allí no lo dudaría. Elegido el empleado del año en el casino donde lleva trabajando cerca de diez años, Tony ha visto a Atlantic City en todo su apogeo. Hubo incluso una época en la que el brillo de las máquinas y las mesas de azar le sedujeron. Fueron años extraños de largas jornadas y poco sueño en las que podía ganar su sueldo en una noche o perderlo todo en un par de minutos. Ahora ya no toca la ruleta de la suerte, sabe que la casa siempre tiene las de ganar. Ni siquiera le da mayor importancia a los 2.500 dólares que le han embolsado como reconocimiento por su trabajo, “es solo dinero”.

El encargado de la sala de proyecciones Imax del Tropicana tiene suerte, su puesto de trabajo no está en juego al menos por el momento, aunque Tony no le augura un buen futuro a su ciudad de acogida, donde ha residido durante los últimos 25 años. “El patio de recreo favorito de Estados Unidos”, como se suele llamar a Atlantic City, vive momentos difíciles y tan solo en los últimos meses ha visto como más de dos mil personas se han quedado sin empleo. El Atlantic Casino, uno de los más emblemáticos de la ciudad, cerró sus puertas prácticamente una semana antes de Navidad dejando a 1.600 trabajadores sin su puesto. Por su parte, el último casino en llegar al paseo de madera junto a la playa, Revel, se declaró en bancarrota menos de un año después de su apertura y, aunque continua abierto, no consigue hacer frente a las deudas millonarias contraídas para su construcción ni el coste de mantenimiento de tal coloso. Es solo un ejemplo de la maltrecha situación de la economía local, sustentada única y exclusivamente en el turismo y el juego, que ha visto como los ingresos netos del juego enfilan la caída libre: entre 2006 y 2012, los beneficios cayeron un 41%.

Edificios al norte de Atlantic CityMarisela no entiende de datos económicos, bastante tiene con mantener su puesto como limpiadora en varios de los casinos de la ciudad y ayudar en la parroquia de su barrio, Our Lady of the Sea. Allí es donde el único cura hispano de la ciudad, el padre Jaime, prepara el matrimonio de la mexicana con su prometido. Aunque se conserva joven, ella ya conoce el yugo de un ex-marido que la maltrataba y que le ha dejado dos hijos drogadictos. El rostro de Marisela, como el de la mayoría de trabajadores latinos de Atlantic City, es anónimo. Su perfil es solo uno de los cientos de mujeres de tez morena y cabello negro, manos invisibles ligadas a un cuerpo de de mediana edad que funcionan como en un teatro de marionetas, moviendo los hilos tras un decorado de cartón piedra. A las mujeres les acompañan otros tantos hombres que nacieron al sur de la frontera estadounidense. Nicaragua, Puerto Rico, Honduras… o más lejos: Bangladesh, Vietnam, Filipinas. Los trabajadores de otros países representan casi la mitad de los habitantes censados en Atlantic City, un total que en 2012 no alcanzaba los 40.000 y que observa también un leve retroceso. Los blancos no hispanos y los afroamericanos de Atlantic City se están marchando. Algunos siguen trabajando en la ciudad, pero ninguno quiere vivir en ella.

La ciudad en invierno es tranquila, casi desértica

John Demario trabaja en la Atlantic Rescue Mission, una organización benéfica que cuida de los sin techo en Atlantic City. Todos los días acoge a unas 300 personas que duermen en la calle, en muchos casos bajo el lujoso paseo marítimo junto a los casinos. El italoamericano se queda atónito cuando le preguntan por qué no quiere vivir en la ciudad en la que trabaja. “Es peligroso, nunca sabes lo que te puede pasar, no es que sea racismo, pero nadie quiere llevar a sus hijos a los colegios de la ciudad, donde hay tanta diversidad y tantos problemas de drogas”. De pelo canoso y complexión morena, Demario nació y creció en Atlantic City, incluso se precia de haber conocido a los fundadores del primer casino de la ciudad, allá por 1978, pero pese a elaborar un retrato idealizado de su infancia en Atlantic City, dice tajante que hoy por hoy no volvería a vivir en ella. Los datos le respaldan: los crímenes violentos involucran aquí a 17.6 de cada 1.000 residentes, más del triple de la media nacional en Estados Unidos (3.9 por cada 1.000 habitantes).

Tampoco se lo piensa Nancy, responsable de un establecimiento de caridad que ha visto incrementarse el número de personas que acuden a buscar vales de comida. “Hay gente que quiere volver, pero creo que los casinos no han mantenido sus promesas de cuidar a la gente mayor. Quizá el dinero se fue a otro sitio”, cuestiona la trabajadora social sobre el gancho que utilizaron los primeros interesados en hacer de Atlantic City la única ciudad de la costa este americana donde se podía apostar dinero. Eran los años 70 y el juego estaba prohibido por ley, así que los inversores que llegaban de las Bahamas con la idea de montar en Atlantic City su nuevo imperio tuvieron que buscar el apoyo de los votantes para conseguirlo. Una campaña medida al milímetro y la temerosa situación de una ciudad rota, que en aquel entonces buscaba una última oportunidad, consiguió sacar la modificación legal adelante en una segunda vuelta. A partir de 1976 Atlantic City se convirtió en el único lugar en cientos de kilómetros a la redonda donde apostar era legal. Los primeros casinos, que disfrutaron casi de un monopolio a tres hasta mediados de los 80, se hicieron de oro rápidamente.

Pero a la crisis económica de 2008 se le unió otro factor que ha hecho temblar las rodillas de la ciudad del juego hasta el día de hoy. Otros estados cercanos, como Maryland, Pensilvania o Nueva York, han ido modificando su legislación de manera que ahora también permiten la construcción de casinos en su territorio. Ni los gobernantes de Atlantic City ni sus empresarios, muchos de ellos cegados por la explosión de los primeros años, han sabido pronosticar esta situación y mucho menos anticipar un remedio. Los turistas de la ciudad cada vez son menos y Atlantic City se resiente. La estampa de los que transitan el paseo marítimo un domingo tiene un aire inquietante. Se parece peligrosamente a la que, en 1964 describía la revista Time. “Hoy en día, a excepción de las convenciones, el turista típico de Atlantic City es negro, pobre, anciano, o las tres cosas. La estampa es la de un paulatino deterioro físico, económico y social”.

Dos ciudades desconocidas

Para K. McKinley, trabajador de una escuela pública en el centro de la urbe, Atlantic City son dos ciudades: la artificial, a orillas del paseo marítimo, y la real, constituida por sus habitantes legítimos, los trabajadores de los casinos y todos los demás (policías, maestros, bomberos, enfermeros…) . Esta es, en su opinión, la Atlantic City real, pero en ella nadie repara, es una completa desconocida y vive desconectada de la Atlantic City que se anuncia en los carteles de la autovía. “Somos gente como otra cualquiera, lo único que queremos es llevar un plato de comida a nuestra casa, pero nos falta inspiración, nos falta que la gente nos mire y nos reconozca y sepa quiénes somos”. K. explica que nunca una sola de las estrellas que visitan Atlantic City ha paseado por las calles de su barrio, a escasos metros de los opulentos casinos.

Nadie camina por las calles de Atlantic City más allá del paseo de madera que conecta los casinos, ni siquiera una gran parte de sus residentes. Judy Tray, una de las que se quedaron sin trabajo tras el cierre del Atlantic Casino, sueña despierta con el Atlantic City de su infancia, entorno digno de comparación con Disneyland, en el que las familias podrían pasar un domingo entero fuera de casa con sus niños, disfrutando las atracciones disponibles a su alcance en el paseo junto al mar. “Jugábamos solos en la calle hasta bien entrada la noche, era totalmente seguro. En mi barrio todavía lo es, es un secreto que poca gente conoce pero somos una comunidad muy afortunada”.

Pero Judy y su marido, ambos mayores de 65 años, tienen que seguir trabajando para hacer frente a los altísimos impuestos de su ciudad. Ya han pagado tres veces más que el precio de su vivienda al Ayuntamiento, y pese al anuncio del gobierno local de que habrá una nueva subida del 46% en 2014 no piensan marcharse. La pareja es una especie en extinción en la isla, en la que cada vez más se habla de casas con camas calientes para pagar los elevados impuestos.

“¡Es estupendo!”, Judy evita el azote de la complicada situación con una sonrisa y mantiene su idea de que como en su barrio no se vive en ningún sitio. Eso sí, ni ella ni su marido, ni su nieto (que también trabaja como personal de seguridad en un casino), irían a trabajar andando ni pasearían dos calles más allá de su puerta por miedo a lo que pueda pasar. Entre su casa y el paseo marítimo (a cerca de dos kilómetros de distancia) no hay nada en lo que a ellos respecta, el resto de Atlantic City no existe.

Decorado en el paseo marítimo, un guiño a la artificialidad de la ciudad

Otra oportunidad

Don Mayor es, desde el pasado enero el nuevo alcalde de la ciudad. Republicano, católico y homosexual, ha roto con todos los pronósticos al convertirse en el nuevo gobernante en su primera candidatura. Mayor ha comparado a Atlantic City con Detroit sin tapujos y asegura que va a trabajar para que lo que le sucedió a la capital del norte no llegue a estas tierras. Pese a ser eminentemente demócrata, la ciudad atlántica confía plenamente en él. El optimismo de muchos vecinos pese a la desastrosa situación económica es también símbolo de este bastión del turismo norteamericano con apenas dos siglos de vida. Si Atlantic City nació y creció alimentado por las ansias de poder y la avaricia de un puñado de hombres, su tejido social también se mantuvo unido bajo los lazos protectores de sus antiguos jefes. Es ese el tejido que ahora necesita reparación, el único que puede salvar a la ciudad de una nueva caída a los abismos.

Para la sexagenaria de las calles Morris y Sunset no hay lugar a duda, su ciudad sabrá reinventarse. Por mucho mal que hayan traído los casinos a la ciudad, nadie quiere hablar de una Atlantic City sin ellos. La ilusión de un mundo de fortuna, lujo y ostentación posee un brillo tan intenso que hace invisible toda la podredumbre que pueda acumularse en su fondo.

El Revel, al fondo, es el último casino construido en Atlantic City.

*Originalmente publicada en la revista mensual Tinta Libre, bajo el título ‘Atlantic City’, del esplendor a la ruina. Septiembre de 2014.

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