Pinceles en busca de libre identidad

El rostro aterrorizado de una mujer rodeada por hombres de mirada lasciva pide clemencia al transeúnte desde un frío muro de hormigón. Los rizos inmóviles de ella y las grandes manos que los buscan retratan un recurrente momento en las calles de Egipto: situaciones de acoso a mujeres que permite una sociedad adormecida por la costumbre y la sumisión de unas víctimas que, sin un respaldo en el que apoyarse, no pueden sino acatar la humillación en silencio, como hace la propia mujer dibujada sobre el asfalto. *

Murales como el de Mira Shihadeh (El Cairo, 2011) han servido para iniciar reivindicaciones contra el acoso a la mujer. foto Cristina Rojo

A punto de cumplir tres años desde que apareció en El Cairo, la escena representada por Mira Shihadeh continúa vigilando el centro de la ciudad con pocos desperfectos. Algunas siluetas, como el perfil que reclama ‘No SCAF’ (No a las Fuerzas Armadas), complementa la composición sobre el muro, con una rotura en el lateral, aunque no suficiente para pasar al otro lado. Al igual que muchas de las vías circundantes, Mansur, a unos escasos cien metros de la plaza Tahrir, dejó de ser una calle muy transitada para convertirse en un callejón sin salida que sigue cerrado. Mientras se gestaba la revolución en 2011, las fuerzas de seguridad de Hosni Mubarak aprovechaban la noche para levantar docenas de muros a base de bloques de hormigón, cerrando el acceso de los activistas a zonas que querían mantener controladas. Aunque consiguieron detener su paso, el ejército no pudo evitar que las calles en las que se frenaba a los egipcios se llenaran de pintadas de protesta. Con el paso del tiempo muchos de aquellos muros se cubrieron de blanco, pero las denuncias alegóricas seguían apareciendo, narrando el desarrollo de los eventos de la revolución como en una especie de diario de piedra.

El entorno de la calle Mohamed Mahmud sigue siendo testimonio de la transformación aún caliente que vive Egipto, con denuncias que surgen esporádicamente y otras ya convertidas en iconografía popular. Fue precisamente en estos muros donde tímidamente se empezó a dar visibilidad a problemas como el acoso hacia la mujer. La denuncia encajaba bien entre los reclamos de derechos humanos fundamentales y comenzó a cobrar fuerza. Las mujeres salían a la calle a manifestarse con sus compatriotas, pero además de enfrentarse al control militar, ellas tenían que lidiar con la persecución organizada de grupos de hombres que se infiltraban en Tahrir para agredirlas o violarlas, así al menos lo asegura la organización egipcia Operación Anti Acoso Sexual (Operation Anti Sexual Harassment), que identifica la práctica con una de las tácticas utilizadas por Hosni Mubarak para evitar la proliferación de activistas femeninas. El logotipo de la asociación, una mujer que rocía con spray a hombres del tamaño de cucarachas, es obra de Mira Shihadeh.

La última vez que esta mujer se plantó ante un lienzo callejero con sus propios botes de spray fue una semana antes del 30 de junio (Tamarrod había convocado la manifestación masiva en contra del gobierno de Mohamed Morsi). Entonces alzó unas grandes letras donde se leía: “La revolución continúa en el pasado y en el presente”. El texto iba acompañado por tres sencillas siluetas de los tres enemigos simbólicos de la revolución: El fulul (partidarios del antiguo régimen), los militares y los Hermanos Musulmanes. “Todos son lo mismo”, identificaba la autora. Pasarían escasos días hasta que la temperatura de las tensiones internas del país generase la destitución de Morsi, ante el júbilo de millones de egipcios y la desaprobación de los seguidores de la hermandad.

La situación en la que se mueve ahora el país mantiene en vilo a una buena parte de la comunidad artística local. Muchos de ellos participaron juntos en el estallido de la revolución, pero su aliento se ha ido desgastando poco a poco, como si los vientos que mecen la política nacinoal les hubieran mareado hasta dejarles paralizados.

Shihadeh, de origen palestino, llegó a Egipto con sus padres cuando era niña. En esta tarde de octubre, semi oculta tras unas gafas de sol y una gorra calada, se muestra hastiada por la situación en la que encuentra su hogar. “Lo que pasó este verano me hizo sentirme tan mal que literalmente caí enferma. Ahora estoy demasiado asqueada como para hacer ningún tipo de graffiti. Me muero por crear algo de nuevo, pero necesito un mensaje claro”, dice.

“Estoy aterrorizada ante la posibilidad de que me arresten. Cuando estoy [pintando] en una pared no quiero que nadie me interrumpa, solo terminar lo antes posible y largarme. Para mi no hay perfección en el graffiti, es una forma de protesta y tienes que ser rápido. Por eso siempre ensayo muchas veces cada una de las piezas que hago en mi casa, hasta que sé que mis manos las conocen tan bien que puedo pintarlas en la calle con los ojos cerrados”. Shihadeh mira al infinito a través de sus gafas oscuras, intentando contrarrestar el nerviosismo que aflora en su piel. “Solo me cogieron una vez, durante unas horas. No me pasó nada, pero como palestina con un pasaporte americano no quiero ni pensar en que se me acerque un policía. Me trae recuerdos de la represión israelí”. Le pregunto si pretende retirarse del activismo, pero ella lo niega. “Claro que me sigo identificando con la revolución- aclara -. Creer en una causa es como el amor, una vez que te enamoras de ella la sigues hasta donde haga falta. El problema es que ahora no sabemos hacia dónde va esa causa”.

La artista explica que el ‘enemigo’ de la revolución egipcia se sigue reinventado y, de forma paralela los papeles cambian, las ciudadanos se van quitando caretas. De víctima a verdugo, de confidente a enemigo. Hoy abundan las historias de familias divididas al tener en su seno tanto a seguidores de los Hermanos Musulmanes como a partidarios del régimen militar. Hay amigos que han dejado de dirigirse la palabra. Argumentos que, en una sociedad donde siempre se ha hablado de política en la calle, son ya intocables si no se quiere dar pie a un enfrentamiento espontáneo.

“No tengo necesidad de elegir ninguno de los dos bandos – afirma Shihadeh- , hay demasiada confusión. Para mi no hay nada malo en mantenerse en el medio. De hecho quien afirme que entiende algo de lo que está pasando hoy en día, es que realmente no entiende nada. He visto a gente que se manifestó el 25 de enero [en 2011] pasarse ahora al lado de los Hermanos Musulmanes y al revés. La única respuesta ahora es asumir que no sabemos nada”.

Tímidos pasos hacia delante

En la mirada de Fajr Soliman, recién graduada en la Facultad de Bellas Artes de El Cairo, late cierta sensación de parálisis y reflexión. Soliman se había estrenado como grafitera la pasada primavera. Entonces, en un café del barrio cosmopolita de Zamalek, la joven hablaba con determinación sobre la necesidad de entablar una conversación entre mujeres cairotas utilizando el graffiti como canal de comunicación. Su mensaje era claro, quería hablar sobre el “encarcelamiento sexual” que las féminas sufren en su país. Atrás quedaba una juventud salpicada de situaciones en las que el acoso hacia amigas o familiares se vivía como una situación “normal” ante la que pocas egipcias eran capaces de rebelarse: según el estudio de Naciones Unidas publicado este año, un 99,3% de las egipcias han sufrido acoso sexual, y un 91,5% del total han sufrido contacto físico indeseado.

“Presenté a la mujer con cuerpo de lagartija- explicaba-. La rodeé de animales como el perro, por su lealtad, pero quería que la mujer estuviera gritando mientras estos animales la devoraban”. Soliman plasmaba en la pared la realidad de una intimidación constante, y que poco tiene que ver con la forma de vestir, más o menos tradicional de la mujer, ni tampoco con su conducta. “Lo que quería destacar ante los ojos de las egipcias es su propia fuerza. Intentaba decirles que hay que ser fuerte, que no hay que tener miedo. El simple hecho de caminar con la cabeza alta por la calle es ya una solución al problema, Pienso que el acoso no solamente se refiere a lo físico, sino que afecta psicológicamente a la mujer en su forma de pensar y actuar y le hace cambiar su comportamiento con ideas infundadas como ‘no debería ir por aquí”, “si no quiero provocar no debo vestir de esta manera…’.

Los meses que han pasado desde aquel encuentro, con el verano que ha vuelto a salpicar las calles de sangre, han puesto cierto freno a su energía. Sus ideas no han cambiado y Soliman ha tenido la suerte de viajar a Europa para participar en una muestra internacional de arte. Allí dibujó una mujer egipcia cargando a un lobo vivo sobre su espalda. De nuevo representaba la fuerza de la mujer, pero al volver a casa Soliman no se encontraba bien. Ahora dice sentirse distante, decaída. “No estoy contenta, no me identifico con los Hermanos Musulmanes ni con el régimen militar. Estoy esperando, como en una burbuja, hasta saber en qué rincón puedo colocar mi opinión. Veo que muchos de los que salían a la calle por sus derechos han dejado de hacerlo, es como una especie de depresión”.

A pesar de todo Soliman no ha perdido por completo su aliento optimista y está convencida de que enero de 2011 marcó un antes y un después para muchas egipcias, que arropadas por el aliento revolucionario se sintieron lo suficientemente fuertes como para decir ‘no’ por primera vez. La joven ve claro cómo aquella energía de protesta empujó a muchas egipcias a empezar a romper barreras invisibles como el acoso sexual o el velo islámico. Ella luce su pelo suelto bastante corto, y suele adornar el moderno corte con una diadema. Pero Soliman aclara que el velo pertenece al área de lo privado, por lo que prefiere no hablar sobre su experiencia personal.

Dios es hermoso y ama la belleza”. Eso está en el Corán. ¿Por qué existe tal fobia hacia el cuerpo de la mujer? Hay que conseguir que se vea como una cosa normal. Mi madre solía ir al instituto con falda y no tenía ningún problema, ¿Por qué estamos volviendo atrás?”. Así hablaba Ghadir Wagdi, pintora de 22 años, un mes antes de que las Fuerzas Armadas depusieran a Mohamed Morsi de la presidencia en Egipto. Hija de dos psiquiatras y educada en un ambiente aperturista, hace unos meses Wagdi se enorgullecía de haber acudido junto a su padre a las manifestaciones del inicio de la revolución. Ahora las cosas han cambiado. Wagdi acaba de contraer matrimonio y reconoce que ya no quiere participar en concentraciones de ningún tipo. Su padre sigue acudiendo a algunas, pero ella ya no lo acompaña. “Nada de esto me representa, y lo mismo ocurre con mi arte. No tengo motivación para pintar en la calle. Si vuelvo a hacerlo será con un trasfondo social, no político. No estaba contenta con Morsi, pero tampoco quiero maldecir a los Hermanos Musulmanes, después de todo, ellos también son humanos y cometen errores”, aclara.

Para Wagdi la política no tiene derecho a interferir en las relaciones familiares, y eso es precisamente lo que sucede ahora en su país. “Estoy totalmente en contra de las opiniones de algunos de mis familiares, pero siempre nos hemos respetado. A partir de lo que sucedió en Rabaa [Al Adawiya], algunos ya no nos hablamos”.

La madurez de elegir

Con una camisa a cuadros rojos y negros y el pelo más bien corto, algo revuelto, la jovencísima Aya Tarek está radiante. Los últimos meses han supuesto para ella una ruptura, en positivo, después de un periodo oscuro que comenzó de forma paralela a los eventos de 2011. Conocida como la pionera entre los jóvenes que comenzaron a introducir el graffiti en las calles de Alejandría en 2006, Tarek se ganó el respeto de la amalgama de personajes callejeros de su ciudad natal, en su mayoría hombres, con su talento y la confianza en sí misma sobre la pared. “La gente estaba tan confundida al verme pintar en la calle que se dirigían a mi preguntándome, ¿por qué no pintas un cuadro, en vez de aquí? Se reían de mi y hacían bromas, pero cuando vieron mi trabajo terminado comenzaron a respetarme. Al final empezaron a hablar conmigo de igual a igual, contándome sus problemas y algunos de ellos diciéndome que también querían ser artistas”.

Aya Tarek, en el Festival de arte urbano CityLeaks, 2013, Colonia. Foto Robert Winter

Poco a poco, mezclándose con la cultura urbana de la ciudad, el uso del color en las paredes comenzó a cobrar fuerza y a generar interés entre los jóvenes. Los artistas de El Cairo viajaban a Alejandría para participar en talleres sobre graffiti, Tarek compartía con los interesados información sobre técnicas y sitios donde adquirir spray. Pero aquello queda ya lejos para la chica de entonces dieciséis años que ahora se encuentra en plena explosión creativa tras un viaje a Colonia (Alemania). Allí ha levantado una pintura mural de unos nueve metros y se ha sentido libre por primera vez en años.

Sentada en su casa de El Cairo, el pasado mayo hablaba de crearse su propio camino y trabajar, cueste lo que cueste, por conseguir un sueño. “Siempre puedes elegir. Yo quería ser libre y cuidar de mi misma, por eso me independicé. Es una decisión personal, y cuando hago graffiti no pienso si soy chica o no, simplemente soy yo.”

“Me molesta que se vea a la mujer egipcia como alguien débil o del que se abusa. Creo que las egipcias son unas de las mujeres más fuertes que he visto nunca. No necesitan que venga nadie a ofrecerles su propio empoderamiento, eso es insultante. Simplemente necesitan saber que tienen una elección, igual que todo el mundo, todo el mundo puede elegir”. Pero ¿pueden ellas realmente elegir? Tarek defiende que es una cuestión completamente personal, aunque está muy afectada por la presión social. “Estoy cansada de que se utilice el arte para denunciar la situación política. Necesitamos que la gente piense por sí misma ¿Por qué tenemos que estar los artistas sujetos a una agenda política en nuestro trabajo? He pasado una larga temporada en la que nadie me llamaba, ¿simplemente porque soy una artista egipcia y mi mensaje no es político?”.

La escena que Aya Tarek ha representado en Colonia es el paisaje que le traslada a su propia infancia, el cálido perfil de un joven rodeado de pájaros brillantes. Es la sencillez de la inocencia mezclada con ese atrevimiento que implica el desconocimiento, como en un intento de olvidar la realidad de una patria cada vez más sumida en la división, donde nadie alcanza a ver el futuro en un horizonte con tantas contradicciones. “La situación que estamos viviendo es nuestra propia responsabilidad. La gente protesta y se manifiesta, pero ¿hay alguien capaz de proponer soluciones reales y trabajar por ellas?- pregunta-. Además, por mucho graffiti que se vea en la calle, sigue sin existir una verdadera libertad de expresión. Ahí está el principal problema de mi país, que todavía no somos capaces de aceptarnos los unos a los otros tal y como somos”.

 * Artículo publicado en enero de 2014 en la revista mensual de Infolibre, Tinta Libre.

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4 thoughts on “Pinceles en busca de libre identidad

  1. Quilla, leo todas tus historias, excelentes. Me gustan las egipcias por su actualidad, por lo bien documentadas y por mostrar el compromiso y responsabilidad con su pueblo que tienen los jóvenes egipcios y la mujer en particular; y las americanas porque me abren el apetito, y no veas la envidia que me das, de viajar por EEUU.

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