Mi primer puñado de dólares

Salgo de Princeton Books & Antiques y camino hacia el norte de Atlantic Avenue con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras voy cruzando las manzanas más céntricas de la ciudad siento esa ligereza de espíritu que hace que mis pasos pisen una mullida alfombra, en vez del duro asfalto sobre el que en realidad vagan. Llevo solo algunos dólares en el bolsillo y no me van a durar mucho, pero después de las horas en la librería de Bob Ruffolo estoy segura de que no se me olvidará fácilmente cómo me gané mi primer sueldo en Estados Unidos.

Hacía una semana que había ido a pasar el día a Atlantic City. Me dirigía a hacer un reportaje y un amigo que trabaja allí me dejó en una de las céntricas calles. Eran las ocho de la mañana y hacía una mañana de perros. Llovía y el viento estaba helado. Mi primera cita tendría lugar a eso de las nueve con un cura hispano de la ciudad, así que anduve buscando un café en el que refugiarme hasta que llegase la hora. Me crucé con niños que iban al colegio, policías de uniforme y algún que otro vecino que más que ir a ninguna parte merodeaba sin rumbo en la calle. No parecía haber ninguna cafetería en varias manzanas a la redonda, y empezaba a pensar en darme la vuelta y caminar con otro rumbo cuando los libros de las estanterías exteriores de Princeton Books salieron a mi encuentro. Plantados ahí, como si estuvieran esperando que alguien se los llevara directamente, los tomos cubrían toda la fachada de la librería en Atlantic Avenue. Solo unos días más tarde me daría cuenta de que todo el edificio está lleno de libros polvorientos y de muchas otras antigüedades. Al asomarme a la puerta y ver que tras ella parecía haber actividad, no dudé un instante en entrar. El café, donde quiera que estuviese, podía esperar…

Dentro de Princeton Books la temperatura era agradable y el majestuoso desorden (desde el ápice de las alfombras hasta el mismísimo techo) no hizo sino incrementar mi curiosidad. Saludé a quien parecía ser el dueño y me perdí un rato entre las estanterías: Prensa de Atlantic City, recortes, libros de todo el mundo en mejor o peor estado… Cada pieza tenía numeración. Después de todo, existía un orden en el desorden aparente. En cuanto el dueño del local me preguntó si podía ayudarme en algo descubrió mi acento extranjero. “¿De dónde eres? ¿Estás estudiando aquí?” Después de explicarle que era periodista y que hacía ya tiempo había terminado la universidad nos pusimos a charlar. Entonces me preguntó “¿Sabes leer en español?”. “Pues claro”. Entonces el señor Ruffolo, ‘Bob’, me preguntó si estaría interesada en trabajar unas horas para él traduciendo unos textos viejos. “Supongo que sí, ¿qué es lo que necesita traducir?”

El dueño de la librería buscó en una de las estanterías un par de carpetas con documentos manuscritos y algunos libros. Observé por encima algunos de ellos y vi que se podían leer, aunque algunos no estaban en buenas condiciones. Quería seguir hablando con el librero, pero para entonces la librería, en la que no dejaba de entrar y salir gente, era ya un hervidero de actividad. No habían llegado las nueve y el señor Ruffalo ya había incluso llamado a la secretaria del alcalde de Atlantic City (como quien marca el número de su prima hermana) para ver si podía hacerme un hueco para entrevistarle ese mismo día. No podía creerlo, pero aquel enorme hombre que apenas podía caminar debido a su peso parecía ser la llave que abría todas las puertas de Atlantic City.

Ruffolo, carismático y sencillo en el trato era el típico personaje que todo el mundo conoce en la ciudad, pero al parecer llevaba unos cuarenta años con aquellos papeles sin traducir. Según me dijo después, los documentos los adquirió su padre en 1976, pero después de que un comprador se retirase de la transacción en el último momento, habían quedado relegados en la estantería hasta esa misma mañana en 2014. Intercambiamos datos y le dije que volvería a visitarle, esta vez para ver los documentos con más calma.

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Bob Ruffolo comenzó a comprar y vender libros por correo cuando no existía Internet. “Llegamos antes que Amazon”

Unos días después regresé a la ciudad y volví a la librería. A eso de mediodía, cinco personas más trabajaban junto a Ruffalo, tres mujeres maduras y una joven asiática con chanclas rosas. El hijo de Ruffolo también se mantenía ocupado, haciendo honor al lema de la librería ‘Cinco generaciones en Atlantic City’. La actividad era frenética, pero sin llegar al estrés. Paquetes entrando y saliendo y el teléfono siempre de fondo… “¿Quiere alquilar una habitación?” “¿Por cuántos días?” “Los tickets para el estreno de esta noche, a quién se los enviamos?”… El interior de Princeton Books era como un micromundo de otra época colocado con esmero en el silencioso corazón de Atlantic City.

Bob señaló una silla libre y me invitó a que me sentara. Dejó los documentos junto a mi y solo me pidió que le hiciera un resumen somero de la idea sobre la que trataba cada texto. Después se marchó y continuó con su entrar y salir de la librería.

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‘Una visita a Colombia’, Filadelfia, 1826, en inglés.

Unos minutos más tarde estaba absorta en lo que me habían colocado entre manos: un remedio casero “para el mal de la malaria y la disentería” cuya composición estaba basada en aguarrás y esencia de hierbabuena y que se recomendaba mezclar “con un buen coñac”. No daba crédito.

Según fui avanzando entre la variopinta colección de papeles comencé a ver la historia detrás de los textos. Se trataba de algunas cartas de Ramón Paez, antiguo embajador de Venezuela en Nueva York, y en el que hablaba de su padre, el General José Antonio Páez, que llegó a ser presidente de Venezuela después librar la guerra de independencia del país. Páez luchó junto a Simón Bolivar y después lideró la ruptura de Venezuela con la ‘Gran Colombia’. Gobernó durante varias décadas y murió en el exilio en Nueva York.

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El general Páez, en una imagen de finales del siglo XIX.

Según iba leyendo las cartas, una de ellas dirigida al presidente de los Estados Unidos de América, mi sorpresa iba en aumento. ¿Qué extraña combinación de factores había puesto aquellos documentos de casi doscientos años en mis manos?

La tarde cae sobre Atlantic City y el sol hace que parezca un lugar luminoso y acogedor, nada que ver con el que conocí días atrás. Mientras me hago esa pregunta sigo con mi sonrisa y mi caminar de paso leve, y hago cábalas sobre qué más me esperará en Princeton Books cuando regrese.

 

 

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